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¿Se habrá dado cuenta de que me gusta?

Juan Antonio Sánchez Herrera

Prólogo

El cuerpo es un pésimo guardián de secretos.

La boca puede improvisar una conversación sobre el tráfico, el trabajo o el tiempo. Las manos pueden aparentar serenidad. Los ojos incluso pueden entrenarse para mirar hacia otro lado. Pero el cuerpo, cuando algo le importa de verdad, acaba confesando.

Juan lo descubrió una noche de música baja y luces azules, abrazado a una mujer pelirroja que le había pedido una sola cosa:

—Tienes que marcarme bien.

Ella hablaba de baile.

Él también.

Al menos al principio.

Mucho después, cuando la canción había terminado y cada uno fingía haber regresado a su sitio, ambos se hicieron la misma pregunta sin saberlo.

Juan, apoyado junto a la barra, pensó:

¿Se habrá dado cuenta de que me gusta?

Vera, ya de regreso a casa, se preguntó:

¿Se habrá dado cuenta de que me gusta?

La diferencia era que ninguno de los dos sabía que el otro también estaba preguntando.

Los demás, en cambio, parecían haberlo comprendido mucho antes.

Lo veía el DJ cuando reservaba una kizomba lenta para el final. Lo veía Leo cada vez que Juan olvidaba una conversación al abrirse la puerta. Lo veía Alba en la forma en que Vera fingía indiferencia mientras sus pies señalaban siempre hacia el mismo hombre.

Desde fuera, la historia parecía sencilla.

Dos personas se buscaban. Dos personas sonreían de una manera distinta al encontrarse. Dos personas bailaban tan unidas y tan tranquilas que cualquiera habría jurado que existía entre ellas una intimidad antigua.

Desde dentro, sin embargo, todo estaba lleno de preguntas.

Una mano podía ser confianza o costumbre. Una sonrisa podía significar alegría o educación. Un abrazo podía durar un segundo más por deseo o porque la canción todavía no había terminado del todo.

Juan creía percibir una energía imposible de explicar. Cuando Vera se acercaba, el resto del local perdía importancia. No pensaba que aquello le permitiera conocer la mente de ella. Solo sabía lo que sucedía dentro de él: respiraba más despacio, sonreía sin esfuerzo y durante unos minutos sentía que ambos ocupaban el lugar exacto que les correspondía.

Vera sentía algo parecido, aunque utilizaba otras palabras.

Lo llamaba calma.

Y la calma, cuando aparece dentro de un abrazo, también puede dar miedo.

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La historia continúa en ¿Se habrá dado cuenta de que me gusta?.

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Gracias por compartir este ratito de lectura conmigo.

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