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Invisible

Juan Antonio Sánchez Herrera

Capítulo 1 · Fragmento

A Juanito Peralta lo habían con­fun­dido tantas veces con un per­chero que había empe­zado a tomár­selo como un cum­plido.

—Por lo menos un per­chero sirve para algo —le decía a Paco, el dueño del bar de abajo, mien­tras remo­vía un café con leche que ya se había que­dado frío de tanto remo­verlo.

—Tú tam­bién sirves para algo, Juanito.

—¿Para qué?

Paco se quedó pen­sando. Pasó la bayeta por la barra, que estaba limpia. La volvió a pasar. Miró la tele, donde un hombre del tiempo seña­laba una borrasca con mucho entu­siasmo.

—Para escu­char —dijo por fin—. Escuchas muy bien.

—Eso lo hacen tam­bién las pare­des.

—Pues no se hable más. Eres una pared estu­penda.

Juanito tenía cua­renta y siete años, nueve nove­las publi­ca­das y treinta y dos lec­to­res, con­tando a su madre, que había com­prado cada libro tres veces «para que suban en las listas». Vivía en un ter­cero sin ascen­sor en Lavapiés, justo encima del bar de Paco, en un piso tan pequeño que cuando estor­nu­daba en la cocina le res­pon­día el eco desde el dor­mi­to­rio. Tenía una estan­te­ría entera llena de ejem­pla­res de sus pro­pias nove­las, todos sin vender, orde­na­dos por colo­res, porque si tenía que verlos todos los días al menos que fueran boni­tos.

Su última pre­sen­ta­ción había sido en una libre­ría de la calle Argumosa. Habían puesto doce sillas. Habían venido tres per­so­nas: su madre, una señora que bus­caba el baño y un repar­ti­dor de Glovo que se equi­vocó de direc­ción y, por edu­ca­ción, se quedó hasta el turno de pre­gun­tas.

—¿Alguna pre­gunta? —había dicho Juanito, con el micró­fono tem­blán­dole en la mano.

El repar­ti­dor levantó la mano.

—Sí. ¿Esto es el número 14 o el 16?

Así era la vida de Juanito Peralta. No es que le fuera mal. Es que no le iba. Era como si el mundo hubiera deci­dido, sin con­sul­tarlo con él, que Juanito era una de esas cosas que están ahí pero en las que nadie se fija: una farola, un buzón, el señor que sale de fondo en las fotos de las bodas.

En el auto­bús, la gente se sen­taba encima de su abrigo. En las colas, se le cola­ban con total tran­qui­li­dad, como quien pasa por delante de una columna. En la pana­de­ría, la depen­dienta le decía «¿quién va ahora?» mirán­dole direc­ta­mente a los ojos.

—Yo —decía Juanito.

—¿Alguien más? —insis­tía ella.

Y Juanito se com­praba la barra de pan con una sen­sa­ción extraña, como si estu­viera pagando por exis­tir y aun así le devol­vie­ran mal el cambio.

* * *

Pero había dos cosas que a Juanito le hacían sen­tirse vivo.

La pri­mera era escri­bir. Cuando se sen­taba delante del orde­na­dor, a las seis de la mañana, con el café en una taza que ponía «El mejor tío del mundo» (no tenía sobri­nos; la había encon­trado en un banco del parque), Juanito se con­ver­tía en otra per­sona. En sus nove­las había pira­tas, detec­ti­ves, amores impo­si­bles, abue­las que escon­dían dia­man­tes en las cro­que­tas. En sus nove­las, la gente se miraba a los ojos y se decía cosas impor­tan­tes. En sus nove­las, nadie con­fun­día a nadie con un per­chero.

La segunda era la bachata.

Los jueves por la tarde, Juanito se ponía su camisa buena —la azul, la que según su madre le hacía «cara de nota­rio sim­pá­tico»— y bajaba a la aca­de­mia Sabor y Son, en la calle Ave María, a dar clase de bachata sen­sual nivel inter­me­dio. Llevaba dos años en el inter­me­dio. La pro­fe­sora decía que estaba «a punto de dar el salto». Lo decía desde hacía dos años.

La pro­fe­sora se lla­maba Vanesa.

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